Cómo vivimos las emociones en familia.

Actualizado: 7 de dic de 2020

Elisa Peláez y Susana Vélez


Y todos voltearon a ver el llanto, los gritos, los gruñidos y el manoteo de un niño hacia sus padres en medio del supermercado. Algunas miradas son de lastima por los padres otras por el hijo y también de muchos juicios. Unas veces somos quienes miramos y otras somos los padres del niño con éstas reacciones. Ambas posiciones nos invitan a reflexionar sobre qué se debe hacer en estos momentos en los que hay una emoción desbordada. En este artículo queremos hablarles de las emociones, unas aliadas para la convivencia y claves para el desarrollo social, mental y afectivo de nuestros hijos y de nosotros como padres.


La emoción es un ingrediente indispensable para nuestro comportamiento y también para la formación de pensamientos sobre los otros, el mundo y uno mismo. Nos dispone para la acción, es decir, define en qué estado nos encontramos para vivir el día a día. En otras palabras, es una sensación que nos prepara para actuar, pero también previene que hagamos algo en contra de nuestros gustos o contra otros. Por eso, lo más importante sobre el manejo emocional es vivir la emoción y sacar el mayor provecho de ella. A continuación, vamos a compartirles algunas ideas para sacarle provecho a las experiencias emocionales, para entender su razón, su propósito y así convertirlas en aprendizajes y aliadas.

1. Son en primer lugar la fuente de cómo nuestros hijos están percibiendo y sintiendo el mundo y su cotidianidad. Nuestra responsabilidad es acompañarlos a entenderse, volviendo lo que están sintiendo palabras o acciones, para así coordinar lo que sienten con lo que piensan y hacen.

  • Por ejemplo: ¿Qué hace que te estés sintiendo así? ¿cómo crees que podemos ayudarte? Parece que después de ese tipo de juego te sientes así…

2. Es indispensable tener presente que cuando estamos sintiendo cierta emoción hay cosas que podemos hacer y cosas que no podemos hacer.

  • Por ejemplo: Cuando nos sentimos tristes por algo que extrañamos o frustrados por algo que no podemos hacer, como padres no debemos esperar que de inmediato nuestros hijos asuman una actitud contraria, de alegría o tranquilidad, ya que entender la falta y los limites necesita tiempo.

3. No porqué una cosa sea dicha con rabia es menos racional que una dicha con tranquilidad. Es decir, cada emoción contiene un saber y su forma de expresarse es única, construyendo un mensaje igual de valido.

  • Por ejemplo: Si nuestro hijo nos grita, lo que nos grite lo debemos oír, no olvidemos el mensaje, ya que esa información nos transmite algo que es importante para él. Podemos decirle “Te noto con rabia, parece que no te gusto vivir esa situación, háblame más claro para poderte ayudar”.

4. Debemos ser creadores de mensajes de amor incondicional, mediante gestos y palabras que lo confirman y lo acojan. Quiere decir que, a pesar de sus rabietas y reacciones emocionales, nunca podemos amenazar con nuestro amor el mal comportamiento. Éste amor no puede hacer parte de las “estrategias de crianza”.


5. Tengamos cuidado con las “etiquetas” o sobrenombres que utilizamos para llamar a nuestros hijos por sus expresiones emocionales. Evitemos sobrecargar a nuestros hijos con características de otros.

  • Por ejemplo, comparaciones como: “Igual de bravo al papá o miedoso como el hermanito”.

6. Por último, entender las experiencias emocionales no solo como algo que hace parte de la personalidad de nuestro hijo, sino que está conectada con la situación que está viviendo, la edad por la que está cursando y lo que lo rodea; esto nos dará más herramientas para acompañarlo y no simplemente quedarnos en juzgarlo y castigarlo.

Creemos que el manejo emocional no es un asunto de autoridad o poder parental, sino de ejemplo y respeto. Convivir es el pilar de la coordinación emocional, ya que permite que juntos podamos entendernos, la conducta que asumamos como adultos será el aprendizaje de las próximas reacciones emocionales de nuestros hijos. Las emociones tienen un sentido por eso no debe ser un asunto de culpas, ni para nuestros hijos ni para nuestro papel de padres.


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